Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tabla normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
Autor: Tanis
Fandom: Hetalia World Series
Disclaimer: Roma pertenece Hidekaz Himaruya, Cartago a mi.
Claim: Cartago/Imperio Romano
Tabla Necesitada: #2—Hambre.
Advertencias: Hecho para musa_hetaliana // Random, semi-histórico.
* * *
Conocía muchos tipos de dolor, algunos de ellos horribles, otros desesperadamente agónicos. Se te ensartaban en la piel, en la carne y te retorcían la garganta. Te hacían trastabillar, dejar de respirar e incluso te matan.
El dolor es aterrador, es peor que toda una legión de enemigos porque a estos al menos lo puedes enfrentar. Al dolor no. O pasa o acaba contigo, pero no hay más opciones de pelea para contrarrestar algo así, invisible, que te ataca cuando menos te lo esperas.
No le importaría que ahora le alcanzase algún tipo de dolor, relacionado con algún arma, una lanza o incluso el dolor que te paraliza cuando un caballo te cocea hasta el otro lado de la calle. Quiere que le duela como eso, si pudiera elegir.
Pero no como ahora.
A Roma se le crispan los dedos, se cierran en puños mientras aprieta y los nudillos toman color blanco. Intenta no quejarse porque eso es deshonroso. No le gusta el dolor pero le aguanta. Se mantiene quieto mientras Cartago está dibujando, tan tranquilo y ajeno a su estado de constante molestia.
Roma no se queja porque, además de considerar que hacerlo no es propio de alguien como él, no quiere molestar al cartaginés y que este le mire con su habitual expresión de calma y le diga que si tan aburrido está, se marche a hacer algo de provecho. Roma no quiere eso, le gusta mirar a Cartago cuando dibuja. Bueno, realmente también cuando hace cualquier cosa que requiera paciencia y delicadeza, algo de lo que carece el romano.
Observa como aparecen los trazos negros de tinta sobre el pergamino amarillento, poco a poco, despacio, con cuidado. Es una maravilla ver de la nada nacer una idea así. Roma podría intentarlo, si el dolor le dejase pensar. Porque, joder, no puede siquiera comenzar a barruntar qué debería esbozar con esa molestia encima.
No puede más, si no protesta, estalla.
—Cartago—Llama tenue, arrepintiéndose de ello en el mismo momento en que su voz pronuncia la última sílaba.
Este no levanta la mirada de su diseño, absorto como está en él. Es importante y tiene que terminarlo pronto. Líneas y líneas se reparten simétricamente, algunas curvas y otras paralelas. Barcos. Algo mejor que las penteras griegas. La suya propia, si logra terminarla claro.
—¿Qué? —Pregunta tranquilamente sin mirar aún a Roma.
Roma quiere protestar por su falta de atención pero un retortijón se lo impide. Se sonroja débilmente y desvía la vista evitando tener que encarar luego los ojos oscuros de Cartago. Por fin se decide.
—Tengo hambre.
Durante un instante no pareció que Cartago se hubiese enterado de aquello, como si la voz del romano no le hubiese llegado. Sin embargo, al poco dejó la pluma sobre el pergamino, levantó la cabeza y le miró, encontrándose con una figura sentada, medio encogida y algo atemorizada por su reacción.
Suspiró resignado, algo que solía hacer muy a menudo cuando Roma estaba cerca.
—Espero que no estés insinuando que vaya a buscarte algo—dijo acusador en cierta forma.
Roma tan solo negó con la cabeza rápidamente, levantando los ojos con una súplica muda que intentó camuflar sin éxito con una protesta.
— ¡C-claro que no!
Después de eso se instaló un silencio tenso e incómodo para Roma, curioso y revelador para Cartago. Aunque el cartaginés ya lo miraba directamente, Roma no lo hacía, avergonzado, tímido, como un niño. Incluso había cerrado los ojos para no tener que ver el reproche en los de Cartago, abstrayéndose. El dolor del estómago se acrecentó pero cuando abrió los ojos, vio que Cartago se había ido.
Suspiró.
Soy idiota, pensó. Le molesto constantemente, normal que quiera alejarse de mí para evitar golpearme.
Esas ideas burbujeaban en su cabeza, haciéndole apoyarse contra la pared de la habitación, de nuevo cerrando los ojos para tratar de despejarse, barruntando si debería ir por algo de comer y librarse del hambre que se acrecentaba a cada minuto. No los abrió siquiera cuando oyó la puerta abrirse, anunciando que Cartago había vuelto. Sin embargo, sí que lo hizo cuando sintió algo caer sobre su regazo.
Una manzana, verde, algo deslustrada, pero comestible y apetecible.
La tomó con ambas manos y la miró como miraría a una mujer. Un deseo irrefrenable y brillante se manifestó en sus ojos ámbar, reverberando de éxtasis.
Dirigió su vista hacia el cartaginés pero este ya estaba sentado, dibujando de nuevo, como si nada hubiese pasado. Roma sonrió, se levantó y se sentó al lado, bien al lado, casi acurrucándose como un cachorro junto al cuerpo de la nación.
Le dio un mordisco a la manzana, mientras miraba los nuevos trazos.
—Gracias—dijo en voz baja después de tragar.
Cartago no dio muestras de haberse enterado de aquello, porque continuó dibujando como si tal cosa. Sin embargo…
—No hay de qué—murmuró, sin ralentizar su trabajo, mojando la punta de la pluma en el frasco de tinta.
Roma continuó comiendo hasta llegar al corazón de la manzana, la cual, tras un segundo de meditación, también devoró.
No quería tentar de nuevo al gusano del hambre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario