Voces del otro Mundo

"Delenda est Carthago" "Hannibal ad portas!!"

viernes, 22 de julio de 2011

Respirar es... [TABLA]

 

Autor:Tanis
Fandom: Hetalia World Series
Disclaimer: Roma pertenece Hidekaz Himaruya, Cartago a mi.
Claim: Cartago/Imperio Romano
Tabla Necesitada: #1—Respiración.
Advertencias: Hecho para [info]musa_hetaliana // Semi-histórico

* * *

 

Al principio es un murmullo lejano, entre las rocas, entre los árboles, a ras del suelo y contra las olas. Quiere pensar que es su aliento el que silba, le hace recordar años pasados, tiempos lejanos.



Tiempo atrás, dejado en el olvido, uno que no va a volver.



Mientras se deja caer sobre la arena, la playa solitaria reverbera tras los muros de Cartago. El pelo mezcla la sal y el polvo, las gotas forma chorretones en la piel, pero caen sobre las pequeñas dunas, formando círculos oscuros, igual que su piel.



Mueve los dedos de las manos una y otra vez, acariciando, tanteando y tomando montones, dejándolos a merced del viento titilante. Observa los granos salir volando, los sigue con sus ojos oscuros. No se incorpora, su pecho sube y baja, respirando tranquilamente, pensando, pensando.



A veces desearía retroceder en el tiempo aunque sabe que eso es imposible. Si fuera estúpido les rezaría a sus Dioses que le concedieran ese deseo, sólo para darse cuenta de que aunque viajara al pasado, nada podría cambiar el destino al que estaba sujeto. Roma o él acabarían muriendo, uno de los dos antes que el otro, hiciesen lo que hiciesen.



Era la ley a la que estaban sujetas las naciones que se enfrentaban. Una sometida a la otra sin ningún tipo de piedad, borboteando de odio, culpa e impotencia.



Cartago cerró los ojos a la vez que una ola particularmente alta se estrellaba en la línea de playa, subiendo rápidamente hasta él, lamiendo sus pies descalzos. Podía oír a las gaviotas chillar sobre su cabeza e incluso el clamor de su ciudad se derramaba entre las rocas.



Pero él quería oír su jadeo. No le importaba si sucedía cuando luchaban, cuando se desgarraban el uno al otro o derramaban la sangre ajena, chocando. Era en esos momentos cuando podía reverenciar su osadía. La respiración de Roma era música de guerra, igual que la suya.



Por eso quería oírla, no importándole ya si eso significaba la muerte.

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